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La IA no viene a salvar empresas sino a ponerlas delante del espejo

El Centro CIDE de la Cámara de Lanzarote organizó el taller “Aplicaciones de la Inteligencia Artificial en la Empresa”, y hoy su ponente Jesús Corral, especialista en transformación digital, comparte una valiosa reflexión para las pymes canarias: por qué el verdadero valor de la IA no está en usarla mucho, sino en aplicarla con criterio para corregir ineficiencias y mejorar el trabajo del día a día.

Artículo IA Jesus Corral

Cualquiera que haya pasado unas horas en una pyme sabe que el problema rara vez se llama inteligencia artificial. Se llama presupuesto que no llega, cliente que no responde, factura que se pierde, pedido que se retrasa, correo que nadie contestó, Excel que solo entiende una persona o reunión donde se habla durante una hora de algo que podía haberse resuelto con tres datos bien ordenados.

Y, sin embargo, ahora hablamos de inteligencia artificial como si fuera la gran respuesta. Tal vez lo sea en algunos casos. En otros, será apenas una distracción sofisticada. Porque la pregunta importante para una empresa no es qué puede hacer con la IA, sino qué está haciendo mal, demasiado lento o de manera innecesariamente manual.

Esa es la diferencia entre adoptar tecnología y mejorar una empresa.

Durante años, muchas organizaciones han confundido transformación digital con acumulación de herramientas. Primero fue tener una web, luego abrir redes sociales, después implantar un CRM, más tarde automatizar correos y ahora, inevitablemente, “meter IA”. Como si la modernidad consistiera en ir añadiendo capas de software sobre procesos que nadie se ha detenido a revisar.

Pero una empresa no mejora porque use inteligencia artificial. Mejora cuando vende mejor, responde antes, decide con más información, reduce errores, libera tiempo de sus equipos y convierte el conocimiento disperso en una ventaja. La IA puede ayudar a todo eso. Pero no siempre será la única solución, ni necesariamente la primera.

Hay empresas que no necesitan un algoritmo; necesitan ordenar sus documentos. Otras no necesitan automatizar nada; necesitan decidir quién decide. Algunas no tienen un problema de tecnología, sino de hábitos: reuniones sin datos, tareas duplicadas, información enterrada en correos, informes que se elaboran porque siempre se han elaborado, aunque ya nadie los lea.

La IA, bien entendida, puede servir para iluminar esas zonas oscuras. Puede resumir documentos, preparar borradores, comparar información, generar informes, ayudar a entender datos, clasificar correos, apoyar estudios de mercado o transformar una montaña de archivos en una base de conocimiento útil. Pero conviene no olvidar lo esencial: automatizar una mala costumbre no la convierte en una buena práctica. Solo la hace más rápida.

Y ese es uno de los grandes riesgos de este momento. Que muchas pymes se sientan obligadas a usar IA antes de preguntarse para qué. Que el miedo a quedarse atrás las lleve a probar herramientas sin un criterio claro. Que se confunda curiosidad con estrategia.

La oportunidad real empieza por otro sitio, por observar el trabajo cotidiano.

Dónde se pierde tiempo. Dónde se repiten tareas. Dónde se producen errores. Dónde depende todo de una sola persona. Dónde se copia y pega la misma información una y otra vez. Dónde un empleado valioso dedica horas a tareas que no aportan criterio, creatividad ni relación con el cliente.

Ahí es donde empieza la conversación interesante.

Una pyme no necesita tener un departamento de innovación para aprovechar la IA. Necesita hacerse buenas preguntas. Por ejemplo: ¿qué tareas administrativas consumen más tiempo del necesario? ¿Qué información tenemos, pero no utilizamos? ¿Qué documentos podrían convertirse en conocimiento accesible? ¿Qué decisiones tomamos por intuición cuando podríamos apoyarnos en datos? ¿Qué parte del trabajo de nuestros equipos es repetitiva, pesada o directamente absurda?

A veces, la respuesta será usar IA. Otras, rediseñar un proceso. Otras, formar mejor al equipo. Otras, eliminar una tarea que ya no tiene sentido. La inteligencia artificial debe sentarse en esa mesa como una opción poderosa, no como una religión.

También conviene recordar que la IA no sustituye el conocimiento de la empresa. Lo necesita. Para generar buenos informes, hay que tener buenos documentos. Para resumir información útil, esa información debe existir y estar razonablemente ordenada. Para apoyar decisiones, los datos deben ser fiables. La IA no convierte el caos en estrategia por arte de magia. Puede acelerar, combinar, redactar, analizar y sugerir. Pero si se alimenta de desorden, devolverá desorden con mejor gramática.

Por eso, quizá la primera gran lección para muchas pymes no sea tecnológica, sino cultural. Antes de preguntar qué herramienta usar, hay que mirar cómo se trabaja.

La inteligencia artificial puede ser una oportunidad extraordinaria para pequeñas y medianas empresas porque democratiza capacidades que antes parecían reservadas a grandes compañías. Pero su valor no estará en usarla mucho, sino en usarla con criterio.

Una empresa que dedica diez horas al mes a preparar informes quizá pueda reducirlas a dos. Una que responde tarde a sus clientes quizá pueda organizar mejor sus comunicaciones. Una que tiene conocimiento repartido entre carpetas, correos y cabezas cansadas quizá pueda convertirlo en una memoria viva. Una que toma decisiones a ciegas quizá pueda empezar a ver patrones.

No será una revolución con fuegos artificiales. En muchas pymes, la revolución será más modesta y más importante: recuperar tiempo, reducir errores, ordenar la casa y permitir que las personas hagan mejor aquello que ninguna máquina debería hacer por ellas.

La IA no debería llegar a la pyme como una moda que exige obediencia, sino como una invitación a revisar el trabajo con más lucidez. No para sustituir el criterio humano, sino para protegerlo de todo aquello que lo desgasta.

Porque tal vez la pregunta ya no sea si una pyme debe usar inteligencia artificial.

La pregunta, mucho más incómoda y mucho más útil, es esta: ¿qué parte de nuestra empresa sigue funcionando así solo porque nunca nos hemos parado a cambiarla?

Esta entrada al blog es una aportación de Jesús Corral, ponente del taller online “Aplicaciones de la Inteligencia Artificial en la Empresa” celebrado este junio y organizado por el Centro CIDE de la Cámara de Lanzarote.

 Jesús Corral. Especialista en Inteligencia Artificial, automatización de procesos y ciberseguridad, con experiencia tanto en formación como en consultoría para empresas, ayudando a organizaciones a impulsar su transformación digital mediante soluciones tecnológicas prácticas y orientadas a resultados. Combina la formación de equipos y directivos, el acompañamiento estratégico en la implantación de herramientas de inteligencia artificial, asistentes inteligentes y automatizaciones, con la docencia universitaria. MsC Ingeniero Civil (Especialidad Ingeniería Costera y Portuaria e Ingeniería Computacional), Máster Universitario en Estadística e Investigación Operativa, Máster en Ingeniería y Gestión Portuaria. Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos.

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